Los tiempos buenos…

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Los tiempos buenos

Este cuento lo veo muy adecuado para esta semana, lo escribió mi socio y amigo Paulo Herrera Maluf. Lo invito a leerlo y compartir su valor en estas navidades.

  • Cuando se incorporó, luego de atravesar la empalizada, se encontró con la mirada interrogante de Evarista. Hubiese preferido quedar enganchado en los alambres de púas que tener que responder a la pregunta que le hacían los ojos de su mujer.
  • Restituto había salido temprano a buscar un milagro. Sí, porque encontrarse con una chiripa para hacerla y cobrarla un 24 de diciembre era eso: un milagro. Y por más que buscó, por más que preguntó, no encontró nada. La gente estaba en fiesta, no en trabajo.
  • ¿ ¿Conseguiste algo? ¿ insistió Evarista sin abrir la boca. Restituto quiso no responder, pero sabía que su propia mirada delataba su respuesta. Caminó el trillo que bordeaba la laguna que separaba su rancho de la calle y se juntó con su mujer. También sin abrir la boca, le repitió lo que Evarista ya sabía. Había regresado, al filo de las cinco de la tarde, con las manos vacías. Sus cuatro muchachos se quedarían sin cena de Nochebuena.
  • Restituto no sabía diferenciar entre estar vivo y ser pobre. Fue pobre en el campo, pobrísimo. Y ahora lo era en la ciudad. Hacía un par de años que había podido traer, finalmente, a Evarista y a los muchachos desde su campo en Esperanza al único rincón que pudo conseguir en Santiago: un solar abandonado que daba a la Avenida Central en el que, poco a poco, había construido un rancho.
  • El terreno era, en realidad, la parte más baja de una cañada que la ciudad había ido ocupando. A fuerza de inundarse frecuentemente ¿ y a falta de un desagüe natural ¿ buena parte del solar la ocupaba una laguna. El resto eran árboles y maleza, tan espesos que a la laguna casi nunca le daba el sol y el rancho de Restituto y Evarista no se veía desde la calle.
  • Restituto había construido el rancho en la parte más alta del solar, calculando que ahí difícilmente llegaría el agua. Pero cuando llovía fuerte sí llegaba. Por varias veces habían tenido que abandonar el rancho en medio de la noche, con el agua en las rodillas, las colchonetas arriba de la cabeza y un muchacho en cada brazo. Pero ahí vivían, qué se le iba a hacer.
  • El hecho de que el rancho no se viera desde la calle casi siempre le gustaba a Restituto. Era mucho mejor no llamar la atención. Pero de vez en cuando, se hartaba de ser invisible. A pocos metros del rancho, la ciudad vivía su ritmo, totalmente ajena a la otra vida que sucedía alrededor de la laguna. Y viceversa.
  • Desde el altico de su rancho, Restituto espiaba a veces a través de la espesura a los carros pasando y la gente caminando. Alcanzaba a ver, incluso, del otro lado de la avenida, a la gente yendo al cine, con ese aire de indiferencia con que se hacen las cosas normales.
  • Tan cerca y tan lejos. La vida discurría fuera del solar empalizado en forma paralela a lo que sucedía dentro. En el mismo plano, pero sin tocarse.
  • Muy de cuando en vez, llegaban a la laguna grupos de muchachitos bien a recoger paticos o a pescar sagos. No parecían ser una amenaza, pero a Restituto les incomodaba su presencia. No sabía decir si la molestia le venía por el aire de excursión que traían estos carajitos o porque la entrada de ellos a su espacio se sentía como una transgresión, como una colisión de universos que podrían desintegrarse, como dos burbujas de jabón al tocarse.
  • Restituto se sentó en el medio block que usaba como atalaya y se sintió más invisible que nunca. Una nube de mal humor pareció arroparlo. Vio a sus cuatro hijos persiguiéndose entre la maleza y se sintió aún más desdichado. ¡Qué Nochebuena!, se dijo. ¿Ni un chin de lechón ni un chin de casabe’, se lamentó, recordando la encomienda que le había hecho Evarista aquella mañana: manquesea pa’ que se ensucien la boca, Restituto, por lo menos eso.
  • Y nada. Eso había conseguido. Nada.
  • Evarista quiso hablarle, pero le dio la espalda. No estaba para reproches, Restituto. Evarista se sentó en silencio a su lado. Restituto no la miró, pero, también sin hablar, reconoció su presencia. Así estuvieron largo rato, rumiando su dolor en un coro de silencio enfurruñado y gris.
  • Al terminar el crepúsculo, Evarista pareció dar por terminado el duelo y se levantó, sacudiéndose las manos. Ahora sí, la miró Restituto. ¿ Voy a preparar la cena ¿ anunció. ¿ ¿Y qué vas a hacer? ¿ casi lloró Restituto. Evarista respondió sin pique. ¿ Lo de siempre ¿.
  • Y marchó a la cocina a hervir plátanos y a freír salchichón. Restituto se quedó unos minutos más sentado en la oscuridad. También había gastado las ganas de lamentarse. Se puso en pie, recogió a los muchachos y entró con ellos al rancho.
  • Los sentó alrededor de la mesa y los dejó reír. En la cocina, Evarista atendía el fogón, medio cantando y medio sonriendo por lo bajo. Cuando vino a ver, al poco rato, Restituto también reía.
  • ¿Qué caray – se dijo Restituto – No cenaremos lechón, pero cenaremos. No seremos ricos, pero estamos sanos. Y juntos.’
  • No deseó, ni necesitó, nada más que eso. Y como lo tenía, fue feliz.
  • Miró hacia la cocina y se encontró con los ojos sonrientes de Evarista. No tuvo que preguntarle para saber que sonreía por la misma razón que él. Restituto supo entonces que había encontrado su milagro. Porque supo que en su rancho, en el altico al lado de la laguna, era Nochebuena.

Paulo Herrera Maluf
p.herrera@coach.com.do


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