La rentabilidad es consecuencia de tu estrategia

obstcu1Cristian Burgos C. y Paulo Herrera M.

Las preguntas son comunes.  ¿Cuál instrumento financiero es el más rentable?  ¿Es tal o cual oportunidad de inversión suficientemente rentable?

Y las respuestas suelen ser irrelevantes, pues estas preguntas aisladas de un contexto no son las idóneas.

La razón para esta afirmación es la siguiente: la rentabilidad de nuestros esfuerzos no depende de la bondad de los instrumentos financieros que tenemos a la mano, ni de la calidad o la oportunidad de una decisión de inversión particular.  Ambas variables – las características de los instrumentos financieros y las decisiones de inversión que podemos hacer en un momento dado – cobrarán sentido sólo a la luz de una estrategia financiera que esté alineada con nuestros objetivos de vida.

La clave, por tanto, está en la estrategia.

El punto de partida, desde luego, es el alineamiento explícito entre nuestros objetivos de vida y nuestros objetivos financieros.  Parece obvio, pero no es automático.  Hay que procurar activa y conscientemente este alineamiento.

En adición, otros elementos son muy importantes.  La comprensión – a partir de la observación, no de la intuición – de nuestro movimiento financiero, así como de nuestro perfil de riesgo – en cuanto a salud, estabilidad de nuestra fuente de ingresos y las características particulares de nuestro flujo de caja – nos permitirá completar la construcción de nuestra estrategia de ahorro e inversión.

Los instrumentos financieros y las oportunidades de inversión se escogerán, entonces, sólo si hacen sentido a la estrategia, más que por sus cualidades individuales.

Liquidez

Una dimensión que no puede faltar en ninguna estrategia de ahorro de inversión es la liquidez.  Debemos mantener niveles adecuados de liquidez, aun cuando pueda parecer que estamos renunciando a cierta “rentabilidad puntual” sobre los fondos que mantenemos líquidos y disponibles.  La verdad es que buena parte de nuestro bienestar depende de la liquidez.  Cuídate, por tanto, de una estrategia “sobreactivada” y poco líquida.

Somos un país sin cultura de ahorro

Por Celso Marranzini en el Periodico el Caribe

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Muchas veces he escrito en mi cuenta de twitter sobre el ahorro, un ejercicio que suele generar múltiples comentarios, con destacada relevancia el que se refiere a la alegada imposibilidad de ahorrar, debido a los bajos salarios.
Sin duda, a menor ingreso más difícil es el ahorro, pero no se trata de la única razón que nos impide ahorrar.

Un amigo me decía que para mí resultaba muy fácil hablar de ahorro bajo el supuesto de que mi volumen de ingresos no es un obstáculo. Este es un concepto errado, y, de aceptarlo como verdad absoluta, no sabríamos explicar el progreso de gente trabajadora que viene muy de abajo. Sería un engaño concluir que todo el que tiene niveles de ingresos medios o altos, siempre los tuvo.

Cuando en el 1984 inicié mi empresa, dejando el negocio familiar, no conté con apoyo. Simplemente contaba con una cultura del ahorro que me ayudo a convertir una empresa con apenas tres clientes a una compañía con presencia regional. 

Inicié en una época muy difícil, pues debemos recordar los escenarios de la inflación y devaluación de principios de los 80, durante el gobierno del ex presidente Salvador Jorge Blanco. No había recursos suficientes siquiera para comprar una computadora. Recuerdo que aporté a la empresa mi propia Apple, que recién salía al mercado con una tecnología muy incipiente.

Soy nieto de inmigrantes, uno italiano y otro español. Llegaron al país escapando del hambre de Europa y ninguno tenía más que unos pocos dólares para poder comer en los primeros días de haber llegado a un continente desconocido. Un amigo empresario muy exitoso por cierto, me decía que sus padres llegaron de España en la sección de tercera clase del barco porque no había una cuarta. 

Sobre las adversidades, ellos lograron formar un gran capital en base al ahorro. Nunca olvido las palabras de mi abuelo, que me decía: “Siempre defiende los centavos que los pesos se defienden solos”.

La lección aprendida es que el ahorro debe convertirse en una forma de vida, no importa cuál sea el volumen de los ingresos. Una profesora cubana, recién llegada a nuestro país lloraba porque acostumbrada a la rotunda escasez en su nación, no entendía cómo los dominicanos derrochábamos todo. 

Los cubanos tienen una sólida cultura del reciclaje, que los lleva a usar las cosas varias veces, a no desechar nada, porque la ausencia de lujos los ha acostumbrado a ser austeros. Recuerdo cuando yo usaba calculadoras con papel. Siempre le daba un uso de tiro y retiro, aprovechando los dos lados para imprimir.
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¿Cuántas veces no hemos visto en la misa a pobres señoras sacar de sus viejas carteras los pocos pesos que seguramente les hacen falta para comer y ofrendarlos? Esas señoras ahorran para dar limosna a otros que necesitan aún más que ellas.

En esta sociedad queremos tenerlo todo. Es una cultura que atraviesa desde los funcionarios del gobierno hasta los empleados privados y los empresarios. 
Tenemos un vehículo en buenas condiciones, pero queremos el último modelo. En las familias se ha perdido la costumbre de compartir un carro y, asimismo, ha desaparecido la práctica de pasar la ropa a los hermanos menores. 

Los libros que cuidábamos para que sirvieran a los próximos en necesitarlos se diluyen con el fin del curso. Todos los días queremos un celular de última tecnología y vemos cómo jóvenes que ganan salario mínimo o menos se pasan el día completo pegados del chat o de las llamadas del móvil, gastando lo que podrían ahorrar.

En cuando a las tarjetas de crédito, el dinero plástico se ha convertido en un instrumento ideal para aumentar las ventas, comprar lo que se necesita y lo que es un lujo, para luego financiar las compras y pagar intereses que muchas veces comprometen el presupuesto familiar, crean una bola de nieve al deudor y, con frecuencia, lo convierte en sujeto de puertas cerradas para el crédito al no poder saldar sus compromisos.

Una de las causas que limita el ahorro es la esperanza de que los ingresos aumenten constantemente y eso precisamente contribuye a que la economía nuestra sea cara, porque presiona hacia salarios mayores sin ningún tipo de incentivo hacia el ahorro.

Existe siempre una inconformidad sin tener en cuenta que sin ahorro no hay futuro y que los países pueden correr el mismo riego que los presupuestos familiares o que las empresas, cuando se endeudan para pagar gastos corrientes, y no para inversiones reproductivas, se ahogan.
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Vemos cómo se desperdicia el agua, cómo a pesar de los altos precios de los combustibles seguimos importando vehículos de alto consumo, o tan viejos que no solo contaminan, sino que consumen más que los nuevos.

Nos quejamos del alto precio de la energía, pero nadie apaga un bombillo o se anima a usar luminarias de bajo consumo. Da pena ver las llaves de agua desperdiciar sin sentido un recurso escaso.

Podríamos concluir que el patrón de consumo entre los de bajos y altos ingresos se ha convertido en un patrón irracional.

La importancia de ahorrar dinero no solo se fundamenta en el acto de hacerlo para prevenir eventuales imprevistos, sino que también en la opción de mantener más tranquilidad y paz mental.

Debemos estar conscientes, finalmente, que debemos convertir el ahorro en un hábito como otro cualquiera, evitar los malos hábitos financieros que son tan fáciles de adquirir y recordar que debemos prever para emergencias futuras, pues de lo contrario nunca podremos crecer ni salir de la pobreza. 

Si hoy tenemos una peligrosa dependencia del endeudamiento, para equilibrar las finanzas públicas, es porque la tasa de ahorro del país con relación al PIB ha caído en forma brutal en las últimas décadas.

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La planificación financiera integral incluye accidentes e incidentes

Cristian Burgos C. y Paulo Herrera M.

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El propósito de la planificación financiera no es eliminar la incertidumbre de nuestras vidas – lo cual es imposible, pues la vida no cabe en una botella – sino ayudarnos a alcanzar nuestros objetivos pese a la incertidumbre.

Partiendo de ahí, tan importante es planificarnos frente a los accidentes como frente a los incidentes que suceden en nuestras vidas.

Por un lado, tenemos los accidentes que nos sucederán, los cuales nunca podremos evitar del todo.  Por eso son accidentes.  Lo que sí podemos es reducir la probabilidad de que sucedan con una adecuada prevención – esto es, comportamientos que reduzcan el riesgo – y prepararnos con una correcta previsión por si como quiera suceden, lo cual implicará apartar recursos para ello.

Por el otro lado, tenemos las incidencias de nuestra vida: aquellas situaciones que son consecuencia de nuestras acciones o de nuestras decisiones, o bien, forman parte de la dinámica natural de estar vivos. Un nuevo trabajo, la llegada de un hijo, una mudanza, etc.  La clave para manejar las incidencias dentro de la planificación es mantenernos sensibles respecto de nuestros hábitos y de nuestros objetivos en cada fase de la vida, de forma que minimicemos las probabilidades de incubar problemas.

En otras palabras, en vez de movernos sin dirección, reaccionando a estímulos, miedos y deseos, se trata de manejarnos dentro de una planificación sana, sin movimientos innecesarios, pero a la vez tomando en cuenta los espacios espontáneos que son parte de la vida.

Anticipar los problema

Una de las tareas más difíciles del proceso de planificación financiera es lograr “hacer un alto” que permita cambiar la mecánica reactiva hacia una actitud proactiva.  Cuando simplemente reaccionamos a lo que sucede, nos convertimos en prisioneros de los eventos, aun cuando estos sean previsibles.  Con buena planificación, las incidencias se convierten en invitados en nuestras vidas, y nosotros en buenos anfitriones para ellas.

A Retirement Experiment: Sell House, Pack Passport, Keep Moving

A Retirement Experiment: Sell House, Pack Passport, Keep Moving

Photographer: Reto Klar

Lynne and Tim Martin in Berlin in 2013.

When they retired, Tim and Lynne Martin had close friends, family nearby, a community they liked and financial security. Then they yanked the safety net.

Lynne, 73, and Tim, 68, sold their home and most of its contents in 2011 with no plans to buy a new one. Instead, they decided to travel the world, living at least a month at a time in short-term rental apartments from Mexico to Turkey, England to Argentina. The experience is the subject of a new book by Lynne, “Home Sweet Anywhere: How We Sold Our House, Created a New Life, and Saw the World.”

Are the Martins a model or a cautionary tale? Bloomberg.com’s Ben Steverman spoke with the couple to find out how practical a home-free existence really is.

Q. How can a person afford to live this lifestyle? Isn’t it expensive?

Lynne: We’re living on the same amount of money we lived on before we left. Our monthly stipend is $6,000 per month, plus our Social Security. For us, the ticket was to get rid of the house. I don’t want someone calling me when I’m in Turkey to tell me the water heater blew up. Also, you can translate that overhead into travel expenses. There are more and more ways people are doing this — trading houses, house sitting, couch surfing. They rent their houses out and go. It’s all part of a home-free movement among older people.

Q. Americans accumulate a lot of stuff. How were you able to get rid of a lifetime of possessions?

Lynne: The day we made this decision to do this, we looked at each other and said: “I’m really tired of that sofa.” Furniture’s just furniture, and the pieces that were dear to us we gave to our children. We also saved our children from having to go through all the accumulated mess of our lives.

Tim: We went from a 2,500-square-foot home to a 10-by-15-foot storage space.

Q. What was it like adjusting to a new a way of life every month or two?

Tim: In every place we’ve been, it’s like starting from scratch. Every grocery store in each country is a little bit different. And it gives you the opportunity to look like a real bozo.

Lynne: Particularly when you’re in places where you don’t know the language. In Germany, Tim came home one day and had this thing in his hand. “Honey,” he said, “this is either sour cream or coffee cream. I have no idea.” It was hilarious. It’s fun.

Q. How do you handle taxes from so far away?

Tim: We’ve maintained residency in California through our daughter’s address. We’ve been given all kinds of suggestions — to take up residence in a state that doesn’t have state income taxes, and so forth. But the reason we’re doing this is to simplify our lives, not complicate them.

Q. Do you worry about breaking your leg, or worse, in a foreign country?

Tim: We bought international health insurance, and the policy covers us from the day we leave until the day we get back. It’s not cheap, but it’s reasonable. We’re also blessed with the fact that both of us are very healthy now.

Q. Are visas a hassle?

Lynne: An American citizen can’t be in the European Union for more than 90 days out of 180 unless they secure a long-term visa, student visa or work visa. And you can’t just go away for two days and come back. The clock doesn’t start over. It’s very tricky.

Tim: One of the ways we stayed in Europe longer was by going to England and Ireland, which are in the EU but not part of the Schengen Treaty [that created the rule in 1986], and to Turkey and Morocco.

Q. Do you sometimes get sick of each other?

Lynne: I’ll give you Tim’s line: “If you’re going to live in 500 square feet with someone in a place you don’t speak the language, you better really like her.” [After dating for a couple of years in the 1970s], we were apart for 35 years. Our lives took different roads. We have only been together the last 10 years. We are so happy to be together again. It may not be for everybody. It takes some self-control and tact and nice manners.

¿Vas a invertir? Antes, responde estas preguntas

Cristian Burgos C. y Paulo Herrera M.

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Antes de “darle para allá” a una inversión, debes plantearte unas cuantas preguntas.

La primera es: ¿en verdad estás en condiciones de invertir?  Para responder esta pregunta, repasa estas otras: ¿cuál es tu situación actual de liquidez?  ¿Estás “higiénico” en cuanto a liquidez, o arrastras resacas que te mantienen cerca de la iliquidez?  Por otro lado, ¿tienes a tu disposición un fondo de contingencia en efectivo que cubra unos cuantos meses de tu costo básico?

Si tu situación presente no supera estas “pruebas ácidas”, enfocarte en eliminar cargas financieras excesivas, o en construir un colchón de liquidez que te permita enfrentar contingencias será, seguramente, mucho más rentable que cualquier “inversión” que tengas a la vista.

Si, en cambio, tu situación de liquidez soporta este análisis, entonces pregúntate: ¿Es la inversión coherente con tus objetivos de vida y con el sentido de dirección que has definido para los próximos tres a cinco años?

Si lo es, responde: ¿Se trata de un activo que no genera liquidez?  En caso de que lo sea, llegamos a la cuestión clave: ¿Qué porción de tu excedente bruto  – esto es, la diferencia entre tu ingreso ordinario y tu costo básico recurrente – ocupará el costo del nuevo activo?  ¿Te sientes cómodo con ese nuevo “inquilino” en tu flujo de caja?    

Sin importar qué tan rentable luzca la inversión, sólo cuando estés convencido de que ni tu liquidez ni tu bienestar se verán comprometidos es que debes proceder.    

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Historias de terror

Si, al momento de invertir, no tomamos en cuenta nuestro panorama completo de liquidez, corremos el riesgo de tomar una decisión que – no siendo necesariamente mala en sí misma – termine atropellando nuestro bienestar.  Especial cuidado requieren las inversiones en activos no productivos, como vehículos y algunos inmuebles.  Y recuerda: no existen recetas.  Lo que es bueno para otro, no necesariamente lo es para ti.  

¿Por qué necesitamos cultura financiera?

Cristian Burgos C. y Paulo Herrera M.

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El término “cultura” tiene varias connotaciones.  Una de ellas describe cultura como el conjunto de los rasgos distintivos, los modos de vida, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias que caracterizan una sociedad o un grupo social.  Otra acepción – proveniente de las palabras latinas cultus y colere – hace referencia al cultivo de cualquier facultad intelectual o espiritual de las personas.

En consonancia con estas interpretaciones, la cultura financiera agrupa las creencias – sean estas explícitas o no –, los hábitos y las actitudes que permiten cultivar una relación sana con el concepto de “dinero” y con las dinámicas relacionadas al mismo.  Mucho más que los conocimientos acerca de finanzas, y que la información detallada acerca de las características de tales o cuales instrumentos financieros, es la cultura financiera que desplegamos en nuestro accionar la que permite construir y sostener nuestro bienestar.

De esto existe sobrada evidencia.  De hecho, es posible afirmar, incluso, que el grado de cultura financiera es más determinante para la generación y el mantenimiento del bienestar que el nivel de ingreso

Y aquí comienza a evidenciarse la necesidad de incorporar la cultura financiera a nuestra realidad diaria.

Los elementos que cimentan la gestión del bienestar son variados y diversos: objetivos de vida con un sentido de dirección claro y coherente con nuestros objetivos financieros, unidos a hábitos, herramientas e información financieros de calidad.  De la armonización de todos estos elementos, precisamente, va la buena cultura financiera.

 

Mucho más que información

La cultura financiera se apoya en la educación y la información financieras, si bien las trasciende.  Veamos este símil: podemos saber que el cigarrillo daña la salud; podemos, incluso, saber cómo daña la salud… sin embargo, ese conocimiento tendrá valor sólo cuando lo incorporamos a nuestra realidad diaria y dejamos de fumar.  Igual sucede con nuestra vida financiera: integrando hábitos, construimos cultura… y bienestar

Higiene financiera: ¿con qué se come eso?

Money and plant.Cristian Burgos C. y Paulo Herrera M.

 

En varias ocasiones nos hemos referido a la higienización financiera como la primera meta que debemos alcanzar en ruta hacia la autonomía financiera y el bienestar sostenible.  Ahora bien, ¿en qué consiste la higiene financiera?

Lo primero que hay que decir es que la higienización financiera es un proceso, no un remedio instantáneo. Y, para la mayoría de las personas, el proceso requiere de una sensibilización respecto de la necesidad de armonizar la relación con el dinero y de hacer ajustes en el movimiento financiero.  Adquirir conciencia respecto de los aspectos mejorables en nuestras finanzas permitirá sostener las conductas que se convertirán en nuevos hábitos.

Una vez sensibilizados, lo siguiente es diagnosticar nuestra situación actual y sus causas.  Conocer nuestro costo básico recurrente – preferiblemente a través de la observación, y no de cálculos o estimaciones – y compararlo con nuestro ingreso regular, nos permitirá trazar un mapa para la higienización.

Si el excedente entre el ingreso regular y el costo básico está “ocupado” por compromisos financieros – o resacas – que no dejan espacio para el ahorro y la creación de riqueza, entonces el mapa es claro.  La higiene financiera se alcanzará cuando logremos liberar una porción apreciable de ese excedente, de forma que podamos dedicarlo a la acumulación de bolsones de liquidez que regularán las fluctuaciones en nuestro flujo de caja.

Construir los hábitos que sostienen la higiene requiere paciencia y persistencia.  Pero el premio – la autonomía financiera – bien vale la pena.

 

Bien querer, bien consumir

 

La higiene financiera tiene aspectos cualitativos.  Es frecuente que experimentemos el impulso de consumos, o bien por encima de nuestras posibilidades,  o a destiempo.  En ambos casos, la sensibilización y la observación, así como la confrontación con la cantidad real de excedentes que podemos generar en un tiempo determinado, ayudan a racionalizar estos quereres amplificados.  Querer lo que puedo, cuando puedo, también es higiene.

“¿Ustedes creen que yo tengo una mata de cuartos?”

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Cristian Burgos C. y Paulo Herrera M.

 

Seguramente, su padre o su madre le hizo a usted alguna vez esta pregunta; que más que pregunta, es reclamo.  Y, si tiene hijos, probablemente ya usted les ha hecho a ellos la misma pregunta… o, al menos, ha tenido el impulso de hacérsela, y no necesariamente en un buen tono.

En cualquier caso, esta expresión es un reflejo de la carga emocional que, en general, acompaña a la tensión que existe en toda comunidad familiar entre la demanda de recursos y su disponibilidad.

Desde la perspectiva de la cultura financiera, son destacables algunos aspectos.

El primero de ellos es la comprensión de que es natural – y hasta deseable – que exista esta tensión entre demanda y disponibilidad.  Los recursos son, por definición, escasos; y si las demandas no son gestionadas, los recursos nunca serán suficientes.  Parte de esta gestión consiste en despojar al tema de carga emocional, lo cual se logra con una comunicación abierta y completa respecto de cuánto hay disponible, en qué tiempo y para qué.

Lo más común, sin embargo, es que – tal vez por un deseo de sobreproteger a nuestros hijos – los padres no compartamos esta información.  La intención puede ser buena, pero el resultado práctico es que nuestros hijos no tengan de la oportunidad de sensibilizarse respecto de los movimientos financieros de la familia, ni, probablemente, de comenzar a desarrollar una relación sana con el dinero.

Comunique más, y verá cómo sus hijos comprenden más.

Más que noticias

La comunicación acerca del dinero va más allá del “intercambio de noticias”.  Ya sea con la pareja y con los hijos, de lo que se trata es de compartir el sentido de dirección financiero de la comunidad.  En este sentido, cuándo, por qué y para qué son preguntas más importantes que cuánto.  Si los objetivos de la comunidad están claros para todos, todos cooperarán.

Los supuestos: esos enemigos del bienestar

imagesCristian Burgos C. y Paulo Herrera M.

Edificar nuestro bienestar sobre supuestos no cuestionados es tan insensato como construir una casa sobre arena.  Y, sin embargo, es lo que, sin darnos cuenta, pretendemos hacer todo el tiempo.

La cultura financiera comienza, precisamente, por develar muchos de los supuestos que están camuflados en nuestras vidas, de forma que podamos sustituirlos por decisiones conscientes.

Veamos algunos ejemplos.

Vivimos como si fuera verdad que el ingreso garantiza el bienestar.  Por tanto, a mayor ingreso, mayor bienestar.  Y, desde luego, a mayor ingreso, más gasto.  Dentro de este supuesto no cabe la necesidad de gestionar adecuadamente los recursos ni los riesgos, lo cual constituye la base de todo ahorro sostenible, y, por ende, de todo bienestar.

Considerar al ingreso como determinante único del bienestar es, claramente, una creencia falsa.  Si el lector lo duda, sólo tiene que ver cuán vulnerable es la prosperidad de la gran mayoría de las personas frente a los accidentes de la vida, independientemente del nivel de ingreso que tengan.

Otro supuesto que aceptamos como verdad irrefutable es que una vivienda propia será siempre mejor que una alquilada.  De hecho, las adquisiciones que hacemos – y acumulamos – a lo largo de nuestra vida las hacemos porque creemos que podemos – otro supuesto – y no porque en verdad las necesitamos.

Y hay más supuestos errados.  Para conjurarlos, la clave es identificarlos, repasando cuidadosamente cada aspecto de nuestra vida y convirtiendo cada uno de ellos en una decisión consciente y libre.

Decisiones conscientes

Decidir en base a supuestos errados equivale a vivir de espaldas a algunas relaciones causa-efecto que tienen gran influencia en nuestra vida.  Cuando las cosas van bien, quizá no sintamos las consecuencias.  Pero cuando los riesgos se materializan, la falta de gestión magnifica su impacto.  Basar nuestra vida en decisiones conscientes implica, en cambio, reconocer la naturaleza frágil del bienestar.  ¿Te atreves a hacerlo?