Sin metas no hay paraíso

Cristian Burgos C. y Paulo Herrera M.    Imagen                                             

Muchas de las decisiones que tomamos tienen consecuencias que se extienden hacia el futuro.  Escoger una carrera universitaria, formar una familia y cambiar de trabajo son algunos ejemplos.  Lo mismo sucede con muchas decisiones que tienen implicaciones financieras: adquirir un vehículo o una vivienda, emprender un negocio.

Todas estas decisiones tienen en común que viviremos sus consecuencias – las buenas y, si las hay, las malas – por un tiempo bastante largo.

Por tanto, el sentido común indica que decisiones de este tipo deberían ser tomadas sólo después de que nuestros objetivos de vida estén claros.  De otra forma, estaremos tentando a la suerte y tendremos muchas probabilidades de, más adelante, tener que desandar camino.

Precisamente, este es el pecado original financiero que cometemos muchos de nosotros: decidimos muchos aspectos de nuestra vida basados en supuestos – que por socializados se aceptan como verdades inmutables – y no en objetivos claros y propios que sean referencias firmes para nuestro rumbo.

No es de extrañar, entonces, que nuestro presente financiero esté contaminado por las secuelas de decisiones de largo alcance tomadas sin un sentido de dirección consciente y que tome en cuenta los cuándos, los cuántos y – sobre todo – los porqués.

¿Y si nuestros objetivos no están claros? ¿Por dónde comenzar? Pues por aceptar que construir los objetivos es un proyecto en sí mismo, un proceso que puede tomar tiempo, por lo que no hay que apresurarse.  Ni, tampoco, decidir nada permanente hasta haberlo hecho.

Primero, objetivos; luego decidir

Existen momentos en los que las circunstancias no nos permiten tener objetivos claros, ya sea porque algún evento del que dependen decisiones no está definido, o porque sencillamente estamos en una etapa de transición.  Esto no tiene que ser malo en sí mismo.  Lo importante es que comprendamos que conviene postergar – hasta que logremos construir objetivos claros – todas las decisiones que comprometan el futuro.

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¿DAMOS UN TARJETAZO Y RESOLVEMOS DESPUÉS?

 

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El mejor amigo de mi novio se casa en dos semanas. La boda se llevará a cabo en un hotel ubicado en la playa. Teníamos un “clavo”, pero tuvimos que utilizarlo y ahora no tenemos los fondos disponibles para hospedarnos en el hotel. No queremos faltar, ya que después de todo, se trata de su mejor amigo. ¿Damos un “tarjetazo” y “resolvemos” después? Novia Confundida

Estimada Novia Confundida: Muy interesante tu pregunta. Partiendo de que la boda es un evento importante para ustedes, lo que les recomendamos es que busquen la manera de ir sin que se convierta en una fuente de incertidumbre futura.

En otras palabras, que no se convierta en un “lío”, que es lo que se convertiría si dan el tarjetazo sin más, para después tardar meses – y hasta años – resolviendo esa situación.

Traten de reducir el costo del evento lo más que puedan. Evalúen, incluso, convertir el viaje en un proyecto de un grupo de amigos, de modo que la carga y el riesgo se reparta entre todos.

Luego, conviertan el viaje en un proyecto con las siguientes variables definidas y conocidas: ¿Cuánto costará? ¿Cuánto pueden disponer mensualmente para desmontar el costo? y, por tanto, ¿en cuánto tiempo se desmontará? Conociendo eso, pueden entonces explorar diversas formas de financiar el evento, como por ejemplo, un préstamo de consumo o de un relacionado, que puedan pagar en varios meses.

La clave está en ser muy sinceros al estimar el tamaño de la carga, del riesgo y el tiempo en que lo desmontarán (y cómo) antes de dar el paso.

Ante las alternativas – pagar con una tarjeta de crédito sin saber cómo repagarla, o dejar de ir a un evento que es importante para ustedes – la opción es estar dispuestos a entregar “tiempo” para el repago, pero conociendo cómo se hará, cuánto costará y en cuanto tiempo se hará.

Por: @SmartCoachRD via  http://revistamidinero.com.do/damos-un-tarjetazo-y-resolvemos-despues/

La asociatividad (o el arte de capitalizar la confianza)

Cristian Burgos C. y Paulo Herrera M.

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El grado de confianza que existe dentro del tejido social e institucional en una sociedad constituye uno de los determinantes más poderosos para su desarrollo.  De hecho, si no existe un mínimo de confianza entre los actores sociales, la sociedad se inmoviliza y se perpetúa en la pobreza.

Cuando, en cambio, existe calidad en la confianza y en su gestión, individuos y grupos se mueven activamente en el espacio de sus derechos, respetando metódicamente los límites de sus deberes.  Partiendo de ese punto, la confianza se vuelve transferible y se facilita tanto la articulación de soluciones participativas como la creación de riqueza social y económica.  Entonces, y sólo entonces, el desarrollo sucede.

Si analizamos el caso de la República Dominicana, no es difícil concluir que estamos sumidos en una crisis de confianza.  Hay, incluso, quienes están convencidos de que jamás superaremos la desconfianza ni el individualismo que nos atenaza.

Sin embargo, esto no tiene que ser así.  De hecho, no siempre lo fue.  Sólo hay que recordar cómo eran nuestros vecindarios hace pocas décadas, donde la solidaridad y la confianza entre vecinos eran la norma.

Además, existen muchos ejemplos actuales – casi todos a nivel local y regional – que demuestran que los dominicanos sí somos capaces de organizarnos de manera inteligente para producir riqueza y desarrollo social.  Para muestra, las experiencias positivas de cooperativismo son numerosas en el país, así como la capacidad de asociación de algunos gremios y sectores productivos.

Confianza y gobernanza

Validar y honrar, en los hechos, la confianza es tarea de todos los días.  Esto quiere decir que la confianza ciega y absoluta es insostenible en el tiempo.  Los mecanismos que fortalecen la gobernanza en los grupos y las instituciones – contrapesos y regulaciones, transparencia y rendición de cuentas – son fundamentales para mantener la calidad de la confianza o, en su defecto, construirla o restablecerla.

Efectivo y agua: un símil interesante

Cristian Burgos C. y Paulo Herrera M.                                                Imagen

Tiene sentido que al dinero en efectivo – o a su equivalente – se le llame liquidez, pues para comprender el “cambio de chip” que propone la cultura financiera, puede hacerse un símil muy interesante entre el agua y el efectivo.  Veamos:

El agua y su uso: Normalmente, no usamos el agua directamente del acueducto, sino que esta pasa por algún tipo de depósito (cisterna o tinaco, por ejemplo) que tiene una doble función: almacén de reserva y regulador del consumo.  Al almacenarse, el agua pierde la presión que trae del acueducto, por lo que, para poder usarse, necesita la presión de la gravedad (si es un tinaco) o ser bombeada (si es una cisterna).  De esta forma, usamos la cantidad de agua que necesitamos y el resto se queda almacenado en el tinaco o la cisterna. 

¿Y el efectivo?: Deberíamos manejar el efectivo como manejamos el agua.  Lo primero es que siempre debe existir una reserva, de forma que evitemos quedarnos ilíquidos ante cualquier evento.  Además, esta reserva de efectivo – que es el ahorro – debe convertirse en la reguladora de nuestras decisiones de consumo, adquisición e inversión.  Bajo este criterio, el ingreso – que viene a ser, en el símil, el agua del acueducto – alimenta la reserva y no va directamente a activar las decisiones.  Así, el ingreso, igual que el agua que llega a la cisterna, pierde “presión” y tiene más oportunidad de convertirse en riqueza y no automáticamente en gasto. 

La gran diferencia

Decidir desde la reserva de ahorro – y no sólo desde el ingreso – implica cambiar la comprensión respecto de las variables que sostienen el bienestar.  La clave está en aceptar que el ingreso y el gasto tienen cada uno su propia dinámica y no tienen por qué moverse al mismo ritmo, y en estar dispuestos a colocar al ahorro como separador entre uno y otro.

“Sin el ahorro …

“Sin el ahorro como la referencia y regulador excepcional de los “cuandos” de nuestras toma de decisiones de vida y de consumo, todo ingreso y gasto estara sobrecargado de emociones, aumentando la probabilidad de atropellar nuestro ritmo de bienestar.” Cristian Burgos/Paulo Herrera/ www.smartcoach.com.do