El consumo colaborativo: el retorno a la sostenibilidad

Mundo-2Cristian Burgos C. y Paulo Herrera M.

Por demasiado tiempo, prosperidad ha sido sinónimo de híper-consumo.  Desde mediados del siglo XX, un mal comprendido concepto de abundancia llevó a las sociedades industrializadas – y tras ellas, al resto de las sociedades del mundo – a basar el bienestar individual en la posesión y acumulación sin límite de cosas.

Más aún, las economías nacionales se hicieron dependientes de esta inclinación al híper-consumo: para que la economía “marche bien” se espera que compremos tantos vehículos, electrodomésticos, artículos de vestir e implementos tecnológicos como podamos, independientemente de si los necesitamos o no; y de si los podemos usar sin que tengamos que adquirirlos.  Esta noción – implícita en nuestras mentes – ha provocado que terminemos rodeados, literalmente, de miles de objetos que no usamos o usamos muy poco.

A estas alturas, queda claro que tal ritmo de consumo, ya sea a escala individual, nacional o planetaria, sencillamente no es sostenible.  El consumo colaborativo surge, precisamente, como una respuesta a esta problemática, rescatando algunas conductas tradicionales y potenciándolas a través de las nuevas tecnologías y de la conectividad inteligente que estas generan.

Esta modalidad de consumo permite compartir, intercambiar, prestar, alquilar y hasta regalar de manera sistemática y organizada.  Basta con que dos o más individuos descubran su afinidad a través de grupos naturales o de comunidades virtuales y que se dispongan a aprovecharla.

El potencial es enorme.  Transporte, educación, entretenimiento, viajes de vacaciones y hasta financiamientos e inversiones caben en el esquema.  Y funciona.

 

¿Quién no se ha puesto un pancho?

El consumo colaborativo retoma tradiciones – como el traspaso de ropa, juguetes y libros entre miembros de la familia ampliada – y las articula a conciencia, generando ahorros apreciables y reduciendo el impacto ambiental.  Las aplicaciones van desde trayectos compartidos en automóvil – el carpooling – hasta modalidades de propiedad compartida de inmuebles turísticos.  Con disposición y algo de imaginación, en el consumo colaborativo cabe prácticamente de todo.

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