La Era de la Carne

El consumo de animales es un lujo reciente para la humanidad. Tal vez la alerta de la OMS marque el principio del fin de esta época

El carnicero francés Bastien Nicolas posando con un cerdo. / FRANCOIS GUILLOT (AFP)

La carne se ha vuelto, de pronto, todavía más débil. Ya la atacaban desde varios flancos y ahora, de pronto, el golpe artero: que produce cáncer. Lo sabemos, tratamos de ignorarlo: vivir produce mucho cáncer y estas vidas del siglo XXI producen, sobre todo, paranoicos, ciudadanos tan satisfechos de esas vidas, tan aburridos de esas vidas que viven para conservarlas. Para eso se atrincheran en sí mismos —porque todo lo que viene de fuera puede ser peligroso: humos, sales, azúcares, hidratos, grasas, drogas varias, cuerpos extraños o incluso conocidos—. Y ahora, faltaba más, la carne cancerera.

Dicen que, en el principio, la carne hizo a los hombres: que aquellos animalitos carroñeros que fuimos hace tres millones de años desarrollaron sus mentes gracias a las grasas y proteínas animales que comían cuando encontraban algún cadáver sin terminar. Así fueron mejorando y aprendieron a matar ellos mismos y mejoraron más y descubrieron el fuego y cocinaron y, tan lentos, se hicieron hombres y mujeres. Comían carne cazada y frutos recogidos hasta que, hace unos días, alguien entendió que si enterraba una semilla conseguiría una planta y el mundo se fue volviendo otro, éste: aparecieron la agricultura, las ciudades, los reyes, nuevos dioses, la rueda, los metales, millones de personas, las caries, las clases, la riqueza y sus variadas injusticias. La revolución neolítica cambió todo y, con todo, la alimentación: desde entonces los humanos —salvo, claro, los ricos y famosos— comimos más que nada algún cereal o tubérculo o verdura acompañados de vez en cuando por un trocito o dos de alguna carne. Y así fue, durante diez mil años, hasta que, unas décadas atrás, las sociedades más ricas del planeta entraron en la Era de la Carne.

La carne es estandarte y es proclama: que este planeta sólo se puede usar así si miles de millones se resignan a usarlo mucho menos

Ahora nos parece normal, pero es tan raro: un bistec con patatas, unas salchichas con puré, un pollo con arroz, proteína animal con algún vegetal acompañando, es una inversión del orden histórico, tremendo cambio cultural —y ni siquiera lo pensamos—. Y menos pensamos lo que eso significa como gesto económico, social. No le digan a nadie que lo está diciendo un argentino: comerse un buen bife/chuletón/bistec, un gran trozo de carne, es una de las formas más eficaces de validar y aprovechar un mundo injusto.

Consumir animales es un lujo: una forma tan clara de concentración de la riqueza. La carne acapara recursos que se podrían repartir: se necesitan cuatro calorías vegetales para producir una caloría de pollo; seis, para producir una de cerdo; diez calorías vegetales para producir una caloría de vaca o de cordero. Lo mismo pasa con el agua: se necesitan 1.500 litros para producir un kilo de maíz, 15.000 para un kilo de vaca. O sea: cuando alguien come carne se apropia de recursos que, repartidos, alcanzarían para cinco, ocho, diez personas. Comer carne es establecer una desigualdad bien bruta: yo soy el que puede tragarse los recursos que ustedes necesitan. La carne es estandarte y es proclama: que este planeta sólo se puede usar así si miles de millones se resignan a usarlo mucho menos. Si todos quieren usarlo igual no puede funcionar: la exclusión es condición necesaria —y nunca suficiente—.

Cada vez más gente se empuja para sentarse a la mesa de las carnes —los chinos, por ejemplo, que hace 20 años consumían cinco kilos por persona y por año, y ahora más de 50— porque comer carne te define como un depredador exitoso, un triunfador. En las últimas décadas el consumo de carne aumentó el doble que la población del mundo. Hacia 1950 el planeta producía 50 millones de toneladas de carne por año; ahora, casi seis veces más —y se prevé que vuelva a duplicarse en 2030—. Mientras, un buen tercio de la población mundial sigue comiendo como siempre: miles de millones no prueban la carne casi nunca, la mitad de la comida que la humanidad consume cada día es arroz, y un cuarto más, trigo y maíz.

Tardará: pero alguna vez, dentro de décadas, un siglo, los historiadores empezarán a mirar atrás y hablarán de estos tiempos —un lapso breve, un suspiro en la historia— como la Era de la Carne

Y aparecen las grietas en el imperio de la carne. Primero fue el imperativo de la salud: cuando nos dijeron que su colesterol nos embarraba el cuerpo. Y ahora, en los barrios más cool de las ciudades ricas, cada vez más señoras y señores rechazan la carne por convicciones varias: que no quieren comer cadáveres, que no quieren ser responsables de esas muertes, que no quieren exigir así a sus cuerpos, que no quieren. Llueve, estos días, sobre mojado: la amenaza del cáncer. Hasta que llegue la imposibilidad más pura y dura: tantos querrán comer su libra de carne que el planeta, agotado, dirá basta.

Tardará: el comercio mundial de alimentos está organizado para concentrar los recursos en beneficio de unos pocos, intereses potentes defenderán sus intereses. Pero alguna vez, dentro de décadas, un siglo, los historiadores empezarán a mirar atrás y hablarán de estos tiempos —un lapso breve, un suspiro en la historia— como la Era de la Carne. Que habrá, entonces, pasado para siempre.

Martín Caparrós es escritor y periodista argentino y autor de Hambre (Anagrama)

Anuncios

“Tenerlo todo y querer más”

“Tenerlo todo y querer más” es el título de un provocador informe de OXFAM que da cuenta del grotesco y obsceno nivel de concentración de la riqueza en el mundo. Las estimaciones del informe se hicieron en base a datos del “Global Wealth Databook” de Credit Suisse y Forbes, entre otras fuentes.

El informe presenta cuatro conclusiones centrales y un conjunto de recomendaciones. La primera conclusión es que actualmente una pequeña élite extremadamente rica es propietaria de una proporción gigantesca de la riqueza mundial, y que además en los últimos años la ha incrementado.

OXFAM estimó que en 2014 el 1% más rico de la población era dueño del 48% de la riqueza mundial, comparado con 44% en 2010, y que el 99% restante era dueño del 52%. Pero además, de este último porcentaje, el 80% está en manos del 20% más rico. De seguir el ritmo de concentración visto entre 2010 y 2014, el informe estima que en sólo dos años el 1% más rico tendrá más riqueza que el 99% más pobre, y que en 2020 concentrará más del 54% de la riqueza mundial.

La segunda conclusión es que entre 2010 y 2014, las 80 personas más ricas del mundo incrementaron el total de su riqueza desde 1,300 billones de dólares hasta 1,900 billones, para un astronómico aumento de 600 mil millones: ¡un 46% en apenas cuatro años! En la actualidad, dice el informe, esas 80 personas tienen la misma riqueza que el 50% más pobre de la población mundial, esto es, que 3,500 millones de personas.

La tercera conclusión es que de la 1,645 personas más ricas del mundo, la abrumadora mayoría son hombres de edad madura y las mujeres son escasas, un 30% son estadounidenses, un 34% heredó parte o la totalidad de su fortuna, y una parte importante de sus intereses se concentran en dos tipos de actividades: el sector financiero y los seguros; y el sector farmacéutico, de biotecnología, de productos médicos y de atención sanitaria.

La cuarta es que los ricos han creado y mantenido sus fortunas en parte porque dedican millones de dólares a influir sobre los gobiernos especialmente en la política de gasto público, los impuestos, y las intervenciones en materia de salud, transporte, defensa y energía. El informe ofrece cifras precisas de las millonarias sumas que el sector financiero y de seguros, y el farmacéutico y de atención sanitaria dedican para influir sobre los gobiernos de Estados Unidos y Europa. Por ejemplo, en 2013, el sector financiero estadounidense gastó 400 millones de dólares en actividades de lobby, y en 2012 aportó 571 millones a las campañas de los partidos. En la Unión Europea, los lobistas del sector financiero gastaron 150 millones para incidir sobre las autoridades. En el caso del sector farmacéutico de Estados Unidos, en 2013 gastó 487 millones de dólares en lobby, un 15% del total de todos los sectores, y más que ningún otro. A la vez, aportó 260 millones a la campaña electoral de 2012. En la Unión Europea esa industria gasta unos 50 millones en lobby.

Hay que indicar que todo lo anterior se ha venido desarrollando en un contexto en el que se han desatado intensas crisis sanitarias en varias partes del mundo, en el que el costo de la atención médica se ha disparado convirtiendo las enfermedades individuales en tragedias financieras colectivas, y en el que los gobiernos han dejado a los bancos a sus anchas y han aportado enormes sumas de dinero para salvar a muchos de ellos de crisis que resultan de sus propias malas prácticas.

El informe hace un llamado a establecer compromisos gubernamentales concretos para erradicar la desigualdad extrema en 2030; acabar con la brecha salarial entre hombres y mujeres, e igualar derechos de herencia y sobre la tierra; procurar llevar gradualmente los salarios mínimos hasta niveles dignos; llevar el ratio del salario más alto al salario más bajo hasta 20 a 1; proteger el derecho a la asociación y a la huelga; distribuir de forma justa la carga fiscal poniendo mayor peso sobre los impuestos al patrimonio, la renta y la riqueza; transparentar los incentivos fiscales; explorar introducir un impuesto mundial sobre la riqueza; acabar con el uso de paraísos fiscales y crear un sistema de gobernanza fiscal global; y lograr servicios públicos universales gratuitos para todas las personas.

Se trata de un informe valiente que pone el dedo en la llaga de una vergonzosa dinámica que urge detener porque niega derechos a los que menos poder tienen, y porque fragmenta aún más al mundo y lo hace mucho más violento y conflictivo. Enfrentar la desigualdad sería un esfuerzo por hacer que en el mundo quepamos todos.

Articulo publicado en http://www.elcaribe.com.do/2015/10/28/ldquotenerlo-todo-querer-masrdquo

Cuando la familia ahoga

La familia está para lo bueno y lo malo, puede ser paraíso o infierno

Cuando se instala en el conflicto y el chantaje emocional llega a ahogar la capacidad de crecer

Somos, en parte, el resultado de un sinfín de cruces parentales que depositaron en nosotros su legado, no solo patrimonial. La mayoría de las personas que sufren algún tipo de dolor anímico encuentran las causas del mismo remontándose a los años de convivencia familiar o, como ahora sabemos, a códigos inscritos en su árbol genealógico.

Culturalmente hemos elevado a la familia al paradigma del bienestar afectivo, la base del sustento de un país e incluso como un sacrosanto mandamiento divino. ¿Quién es el guapo que se atreve a poner en duda su valor? Y ahí aparece la paradoja: ¿cómo desentrañar sus perversiones cuando es el valor absoluto de una sociedad y la base afectiva de una persona? ¿Cómo formalizar la salida de una familia que puede estar maltratándonos, neurotizándonos o ahogándonos, si el vínculo de sangre es para toda la vida? No podemos ponernos en contra de la familia, pero ¿significa eso justificarla en todo?

El amor no es solo
un sentimiento, también
es un arte”
(Honoré de Balzac)

Nada más llegar a este mundo tenemos la tarea de encontrar la proximidad a un adulto con capacidad de cuidar y proteger. De ahí nace el apego. En el caso de no existir una respuesta satisfactoria, tendemos a desarrollar una estrategia secundaria: o bien se hiperactivará el apego (demanda de atención o lo que popularmente llamamos estar pegados a las faldas de la madre) o bien se desactivará (inhibición emocional). Nace así un estilo afectivo, una manera de amar y ser amados. Simplificándolo mucho, tenderemos a ser promotores de amor o, por lo contrario, mendigos afectivos que nos dejaremos querer, o huiremos asustados por miedo a perdernos en el otro.

La seguridad del vínculo tiene otra función mayor: permite explorar el entorno. Lo vemos a diario, cuando esos pequeñines alardean de sus primeros pinitos. El grado de confianza o desconfianza que tengamos ante la vida y los demás y nuestra autoestima tendrá mucho que ver con la fuerza de ese vínculo y sus dos condiciones: que sea estable y perdurable, basado en el afecto y el amor. Eso sí, nadie entiende lo mismo por afecto y por amor.

ILUSTRACIÓN DE ALBERTO VÁZQUEZ

LIBROS

– ‘Ámame para que me pueda ir’, de Jaume Soler y Mercè Conangla. RBA.

– ‘Apego y sexualidad’, de Javier Gómez Zapiain. Alianza Editorial.

– ‘Lo que nos pasa por dentro’, Eduard Punset. Ediciones Destino.

PELÍCULAS

– ‘La tormenta de hielo’, de Ang Lee. Fox Searchlight Pictures, 1997.

– ‘Gente corriente’, de Robert Redford. Paramount Pictures, 1980.

Ahora imaginemos a unos padres que, por miedo y exceso de control, mantengan a esa personita metida en una burbuja de protección. En lugar de reforzar su sistema de confianza, están depositando cantidades ingentes de miedos y fobias futuras. Del mismo modo, unos padres descuidados someterán a sus hijos a peligros innecesarios y situaciones estresantes que pueden acabar en traumas. O aquellos otros que, con la mejor de las intenciones, han colmado a sus hijos de todo lo que han querido, cuando lo han querido. Muchos se lamentan después de haber criado pequeños tiranos narcisistas. ¡Qué difícil saber lo que es más adecuado!

Mary Ainsworth, investigadora del apego a partir de la teoría incubada por John Bowlby, dio con la clave: la respuesta sensible. Consiste en la capacidad de los padres o cuidadores para comprender e interpretar adecuadamente las señales de demanda del bebé. Esa sensibilidad no es poca cosa, se convierte en un organizador psíquico en el desarrollo de la criatura, es decir, su arquitectura emocional (creencias y expectativas acerca de sí misma y de los demás). La respuesta sensible obedece a los modelos operativos de los padres, que dependen a su vez de la calidad de su propia historia afectiva. Muchos acaban haciendo a sus hijos lo mismo que les hicieron, anclando así valores morales que ya se expresan en los tres primeros años de vida.

Existe un gran acuerdo en resaltar la importancia de nuestros primeros años de vida: se construyen las paredes maestras de nuestra estructura psíquica. Nos condicionarán, sin duda, pero no nos determinarán. Como le gusta contar a Punset, llegamos al mundo con una colección determinada de interruptores y luego la vida se encarga de activar algunos y dejar en el olvido otros.

Son tus decisiones y
no el azar las que determinan el destino”

(Jean Nidetch)

En una familia puede existir esa respuesta sensible o puede que también esté condicionada por múltiples factores: la existencia de otros hermanos, el lugar que se ocupa entre ellos, o ser hijo único, o el encaje entre el trabajo y la familia, las modas, las relaciones en la escuela, una crisis económica que priorice la supervivencia. No se trata de culpar a nadie, sino de entender la construcción sensible de cada relación.

La arquitectura emocional, desarrollada en la etapa del apego, tendrá otras pruebas: la búsqueda de la propia identidad, el sentido de autoeficacia y el desarrollo de habilidades y talentos innatos. Por ahí nacen múltiples desencuentros, proyecciones de los propios padres y chantajes que ahogan el crecimiento personal. En lugar de apoyar, de ser una red de seguridad afectiva, la familia se convierte entonces en una pesadilla, en la siempre frustrante y airada combinación entre el amor y el odio, entre el rechazo y la sed de pertenencia, entre el abandono y la necesidad afectiva. Quizá por eso, Simone de Beauvoir exclamó que la familia es un nido de perversiones.

“No es la carne y la sangre, sino el
corazón, lo que nos
hace padres e hijos”

(Friedrich Schiller)

Según sean las dinámicas relacionales de sus miembros, la familia podrá crecer o destruirse. Podrá tener paz y equilibrio, guerra, resentimiento, dejadez, alegría, dulzura. Podrá ser paraíso o infierno. Puede existir una vinculación amorosa, o puede que se limite a gestionar intereses. Entre esos extremos andamos todos, proclamando una creencia que ya se ha convertido en universal: la familia es la familia. En su seno ocurre de todo, aunque no por ello deba justificarse todo.

Ahora que mucha gente vuelve a casa, es una buena ocasión para recomponer vínculos rotos, heridos o abandonados si los hay. Si solo sirve para pagar deudas, dar comida y un espacio donde dormir, olvidamos que su función es, sobre todo, crear vínculos afectivos y no ahogarlos. La familia es nuestra primera comunidad de acogida, y nadie obliga a quererla si no ha habido amor. Luego vendrá la familia escogida. Es ahí donde se empieza a forjar la respuesta sensible.

Articulo publicado en http://elpais.com/elpais/2013/04/18/eps/1366306454_427411.html

Revisionismo financiero

En 30 años hemos aprendido que las finanzas pueden ayudar a aumentar el crecimiento

MARAVILLAS DELGADO

La vida de este suplemento coincidecon una intensa expansión en la actividad financiera. El volumen transaccional en los mercados de crédito y de financiación directa —acciones, bonos, pagares, etcétera— no ha dejado de crecer desde los años ochenta del siglo pasado. En un contexto de creciente desregulación y liberalización han tenido lugar avances sin precedentes en la innovación financiera. El maridaje con las tecnologías de la información y la asignación de capital humano de elevada calidad han posibilitado que las finanzas acabaran constituyéndose en una de las áreas de conocimiento mas importantes. También esos factores ayudan a explicar la creciente autonomía de la actividad financiera hasta el punto de abonar la acuñación de esa “financiarización” para denotar la creciente escala de los sectores financieros y, no menos relevante, de la menor virtualidad de la regulación del mismo.

La emergencia de la crisis de 2008 se atribuyó a esa expansión y, en todo caso, a fallos de mercado y en la regulación y supervisión financieras, que interactuaron de forma perversa. También el análisis macroeconómico dominante quedó cuestionado en la medida en que sus modelos no tomaban suficientemente en consideración esa complejidad financiera.

El balance de daños generados por esa crisis en términos de erosión de la capacidad de producción y del empleo junto a no pocas investigaciones y trabajos académicos, ha motivado un cierto revisionismo sobre el papel de las finanzas en las modernas economías en dos direcciones fundamentales: la que se pregunta por los atributos de los mercados financieros en términos de eficiencia y grado de perfección de los mismos, y aquella otra que revisa la contribución de la intermediación financiera tradicional y de los mercados de capitales al desarrollo económico.

El escepticismo acerca de la perfección de los mercados financierosse ha reforzado tras la verificación de incentivos perversos en su funcionamiento, como han demostrado los diversos episodios de manipulación de precios, o en el distanciamiento de la eficiencia en la formación de sus cotizaciones, de la capacidad para procesar toda la información relevante. La realidad ha sido pródiga en desautorizaciones de las más fuertes de esas hipótesis de eficiencia formuladas en los setenta del siglo pasado por el premio Nobel Eugene Fama. Los también premios Nobel Robert Shiller y George Arkelof lo han hecho individual y conjuntamente. Cinco años después de aquel Animal Spirits acaba de aparecer otro libro conjunto, Phishing for Phools: The Economics of Manipulation and Deception en el que se relativiza el dominio de “la mano invisible” y amplía esa suerte de enmienda a la eficiencia de los mercados que es el desarrollo de la behavourial finance.

Desde esas bases es difícil seguir asumiendo los veredictos de los mercados financieros como si se trataran de juicios incontestables, con capacidad intimidatoria suficiente como para vincular decisiones importantes de política económica. La subordinación de los gobiernos a sus reacciones ha sido manifiesta, casi tanto como la tolerancia de las pretensiones autoreguladoras de sus principales operadores, hoy afortunadamente en retroceso.

El otro ámbito de revisión, los vínculos entre finanzas y crecimiento económico, aunque en absoluto nuevo, tiene en varias investigaciones recientes exponentes cuestionando que la mayor profundidad financiera, y la extensión e intensidad de los flujos transfronterizos de capital, hayan aumentado la eficiencia y fortalecido el crecimiento. Boris Cournède and Oliver Denk (2015), en un trabajo integrado en un programa de investigación de la OCDE sobre finanzas y crecimiento inclusivo, analizan la relación a largo plazo entre la actividad financiera y el crecimiento económico en los países de la OCDE y aquellos del G20 que no pertenecen a esta organización. Las medidas utilizadas son el valor añadido de las finanzas, el crédito bancario al sector privado no financiero y la capitalización de los mercados de acciones, todas ellas en relación del PIB. Las principales conclusiones son contundentes:

1. Para esos tres indicadores, la expansión en la actividad financiera desde un nivel muy bajo está vinculada a crecimientos importantes del PIB, mientras que esa asociación se hace negativa a partir de un determinado umbral. A partir de una actividad financiera —financiación intermediada y capitalización bursátil— superior al 100% del PIB, más finanzas significa menor crecimiento económico. La pena es que el tipo de trabajo que hacen estos autores no permite estimar los umbrales específicos para cada país.

2. El valor añadido de la intermediación crediticia esta negativamente correlacionado con el crecimiento del PIB durante las últimas décadas. Lo que no ocurre con la capitalización de los mercados de acciones, que es muy positiva. Quizás esa asociación no deriva tanto de la eficiencia de cada mecanismo de canalización del ahorro, como de sus respectivos destinos: el PIB crece más si la financiación del sector privado se lleva a cabo con más recursos propios y con menos deuda. Los autores especifican que un cambio desde la financiación bancaria hacia la más directa o basada en los mercados favorecía un mayor crecimiento económico. Lo que nos remite a una de las reformas asumidas por la Comisión Europea: la necesidad de mayor diversificación institucional e instrumental de los sistemas financieros.

Me temo que aquel título, A las finanzas no las puede dejar solas, de un artículo en este suplemento (4 de enero de 2009) sigue teniendo vigencia. El comportamiento de los mercados no está siempre amparado en la racionalidad y, en consecuencia, hay que relativizar sus veredictos y, desde luego, acompañarlos de una regulación y supervisión adecuadas. La inestabilidad financiera es intrínseca al sistema, como advirtió mucho antes de la emergencia de la crisis el hoy recordado Hyman Minsky. Por ello, lejos de la estigmatización total de las finanzas, es necesario asumir que pueden contribuir a aumentar el crecimiento y hacer que este sea más inclusivo. Ya sea en la dirección que apuntaba hace algunos años el propio Shiller cuando defendía “la democratización de las finanzas”, o simplemente garantizando su adecuado control, no solo nacional, sino por las instancias multilaterales con capacidad técnica suficiente.

Lecciones de la crisis económica

¿Hemos aprendido algo del terremoto financiero? No está de más aprovechar este cambio de época para evolucionar tanto de forma individual como socialmente?

Aunque llevaba décadas gestándose, de un día para otro los medios de comunicación anunciaron que el mundo había entrado en crisis. Algunos expertos profetizaron que este hecho iba a tener consecuencias apocalípticas para la mayoría de los ciudadanos. Y lo cierto es que así ha sido. Curiosamente, la palabra “apocalipsis” viene del griego apokálypsis, que significa “revelación” y también “quitarse el velo de los ojos”. Es decir, el momento de afrontar la verdad sobre lo que está sucediendo.

Por su parte, la palabra “crisis” comparte la misma raíz etimológica que “crisálida”, la cual alude a la “metamorfosis” y a la “transformación”. Y eso es precisamente lo que le está sucediendo al sistema económico: está inmerso en un gigantesco proceso de metamorfosis. De hecho, nos encontramos ante un momento histórico extraordinario. Somos testigos de excepción de un cambio de época.

En este contexto, el cambio y la reinvención han dejado de ser una opción; se han convertido en una necesidad para poder adaptarnos y prosperar en la nueva realidad personal, social, política, laboral y económica emergente. Lo que está en juego es nuestra capacidad de evolucionar como individuos y como sociedad. Para lograrlo, es fundamental tomar nota de las lecciones psicológicas que esta crisis ha venido a enseñarnos.

– Aceptar lo efímero de las cosas. No hay nada que dure para siempre. Todos los sistemas sociales, políticos, financieros y energéticos que hemos ido ­creando han tenido un origen, un punto de máxima expansión, un proceso de decadencia y su consiguiente transformación. No es que hayan desaparecido ni se hayan destruido, sino que han ido mutando por ­medio de las denominadas “crisis sistémicas”. Es decir, las que remodelan los fundamentos psicológicos, filosóficos, económicos y ecológicos del sistema. Y como cualquier otro cambio brusco, suele venir acompañado de cierto grado de inestabilidad, conflicto y violencia.

Para entender la debacle financiera

Documental

Inside Job
Charles Ferguson

En este documental se muestra a los responsables de la crisis financiera, cuya codicia y avaricia generaron un efecto dominó devastador sobre las economías de todo el mundo. La película ofrece una visión de cómo los individuos pueden tomar las riendas y no depender tanto del Estado, de la banca y de las corporaciones.

– Abrirse a lo nuevo. Es una ley tan inmutable como eterna: tarde o temprano, lo viejo muere, dando paso a lo nuevo. Si bien es cierto que están desapareciendo sectores, compañías y trabajos industriales, en paralelo están emergiendo otros nuevos, relacionados con la creatividad y la innovación. Además, gracias al imparable avance de las nuevas tecnologías, poco a poco se va transformando radicalmente cómo hacemos lo que hacemos, facilitando que logremos hacer cosas que no sabíamos que podíamos hacer. Así es como los sectores, empresas y profesiones de éxito pasado se ven superados por nuevas propuestas más eficientes y de mayor calidad que las destruyen. A este fenómeno se le denomina “destrucción creativa”, un término popularizado en el siglo XX por Joseph Schumpeter.

– Vencer el miedo al cambio. El mayor freno para cambiar es el temor a soltar lo que creemos que tenemos. En eso consiste precisamente salir de nuestra zona de comodidad. Algunos lo llaman “dar un salto al vacío”. Y otros, “la travesía por el desierto”. Sentir dicha incomodidad nos confronta con todos nuestros miedos inconscientes. Tememos salirnos de la corriente y seguir nuestro propio camino. Tememos equivocarnos, fracasar y hacer el ridículo. Y tememos lo que la gente de nuestro entorno pueda pensar de nosotros.

– Cuestionar la forma de pensar. El actual escenario de crisis sistémica nos está diciendo alto y bien claro que está todo por hacer. Todo por reinventarse. Por eso es fundamental que este proceso de destrucción creativa suceda a nivel individual, en nuestra propia mentalidad. Es hora de que mueran nuestras viejas creencias para permitir que nazcan las nuevas que están por venir. De ahí la importancia de cuestionarnos a nosotros mismos, cuestionando un sistema de creencias que dábamos por inamovible y completamente cierto. Si no rompemos con la inercia ahora, cuando concluya el periodo de crisis puede que sea demasiado tarde.

– Analizar detenidamente la situación. Más allá de la connotación tan negativa que suele asociarse a la “crisis”, su etimología muestra su auténtico significado. El ideograma chino que ilustra esta palabra –“crisis”– está compuesto por dos figuras: una significa “peligro”, y la otra, “oportunidad”. A su vez, procede del vocablo griego krisis, que deriva del verbo krinein, que quiere decir “juzgar” y “decidir”. Este verbo también ha dado lugar a sustantivos como “crítica” y “criterio”. Así, la crisis podría definirse como un momento decisivo dentro de cualquier proceso individual o colectivo, tanto psicológico como económico. En el fondo, es una invitación para hacer una pausa y reflexionar acerca del rumbo que está tomando nuestra existencia. Y a poder ser, decidir sabiamente el siguiente paso que hemos de dar para seguir evolucionando como especie y prosperando como civilización.

– Aprender de los errores. Toda crisis requiere que la afrontemos con honestidad y humildad. Por más que le duela al ego, hemos de mirarnos en el espejo y ser autocríticos. ¿Cuál es nuestra parte de responsabilidad? ¿En qué nos hemos equivocado? ¿Qué podemos aprender al respecto? Hemos de asumir las decisiones que tomamos en el pasado, pues son muy cómplices del tipo de circunstancias que estamos cosechando en el presente. Si no aprendemos de nuestros errores, tarde o temprano volveremos a cometerlos. La crisis seguirá latente en nosotros. Y la vida seguirá dándonos las bofetadas que necesitamos para que espabilemos de una vez, aprendiendo lo que ha venido a enseñarnos.

– Crecer como seres humanos. No podemos resolver un problema desde el mismo nivel de comprensión desde el que lo creamos. Los verdaderos obstáculos están en nuestra mente, no en la realidad. Ahí afuera solo encontraremos el reflejo de nuestras limitaciones mentales. Frente a la crisis, no sirve de nada la queja, el victimismo y la culpa. Todo el tiempo y la energía que dedicamos a cambiar aquello que no podemos transformar (la realidad externa) lo estamos malgastando para transformar aquello que sí podemos cambiar: la realidad interna, esto es, nuestra visión del mundo y nuestra actitud frente a nuestras circunstancias. Aunque en un primer momento no lo parezca, siempre hay otras vías y sendas por explorar.

Para poder llevar estos aprendizajes a la práctica, hemos de empezar por invertir en nosotros mismos, en nuestra educación. Cuanto mayor sea la calidad de nuestro conocimiento, mejores serán las decisiones que tomemos y también los resultados que obtengamos. La buena noticia es que hoy día la información es libre, abundante y gratuita. Gracias a las nuevas tecnologías, está a golpe de clic. Saquémosle el polvo a nuestra curiosidad. Podemos empezar yendo a una conferencia, asistiendo a un curso o leyendo un libro. Hemos de formarnos para poder adoptar una actitud vital mucho más responsable, proactiva y emprendedora. En este marco de adversidad, caos e incertidumbre hay muchos individuos que están agudizando su ingenio para detectar las oportunidades existentes; oportunidades que la mayoría –cegada por el miedo y la ignorancia– no es capaz de ver.

Por más que nos lo intenten hacer creer legislación tras legislación, no son los políticos los que cambian nuestra vida. Somos nosotros, los ciudadanos. Y no con nuestro voto, sino con nuestras decisiones y acciones. La crisis actual es una oportunidad para hacernos cargo de nosotros mismos. El cambio de mentalidad individual es lo que de verdad transforma la sociedad y el sistema. Asumamos de una vez que la seguridad externa no existe. Y que hoy día no nos queda más remedio que elegir entre dos incertidumbres: la de esperar que otros resuelvan nuestros problemas o la de comprometernos con aprender a resolverlos por nosotros mismos.

Articulo publicado en http://elpais.com/elpais/2015/08/31/eps/1441032441_098096.html

¿DEJAMOS LA CARRERA EJECUTIVA Y EMPRENDEMOS UN NEGOCIO?

Caso_SC_edición_17_midinero

[Esta pregunta permitió que se iniciara un diálogo vía electrónica entre los asesores de SmartCoach® y esta pareja. Se presenta a continuación un extracto de este diálogo]

SmartCoach®: Saludos, Pareja Precavida. En este caso, lo primero es preguntarse:
¿Cómo está la salud de su relación de pareja en este momento? Si hay dudas para responder, o la respuesta es negativa, podemos decirles que probablemente lo más conveniente es aplazar la decisión de que uno de ustedes abandone la carrera ejecutiva para emprender un negocio, hasta que se aclare el panorama respecto del futuro estructural de su comunidad familiar. Una vez aclarado este punto, pasamos a otras preguntas, es: ¿qué tan dependientes son ustedes del ingreso que generan en sus respectivos empleos? La información de qué porcentaje del ingreso activo necesitan para cubrir su estilo de vida actual -¿El 70%? ¿El 80%? ¿El 100%? ¿O hasta el 110%?- es muy valiosa para decidir el “cuándo” se toma la decisión.

Pareja Precavida: En nuestro caso, nos sentimos comprometidos y muy unidos como pareja. En cuanto a lo financiero, no malgastamos y hemos construido un buen ahorro.

SmartCoach®: Excelente. Siguiente pregunta: ¿qué tipo de experiencias de ocio ustedes tienen, tanto ordinaria como extraordinariamente?

Pareja Precavida: Usualmente con nuestros hijos y dentro del ambiente de nuestras familias. En realidad, gastamos muy poco en ocio -tanto en lo ordinario como en lo extraordinario-

SmartCoach®: Gracias. Ahí vemos una señal de alerta, pues pudiendo disfrutar de algunos consumos extraordinarios sanos, tal vez se están restringiendo innecesariamente. Esto sucede cuando no tenemos una referencia clara e identificada – que es lo que llamamos el “punto de bienestar” – para saber cuándo sí o cuándo no darnos un gustito extraordinario. Cuando no tenemos esta referencia tendemos a sobre-consumir o a subconsumir, que es probablemente lo que les está sucediendo a ustedes. En cuanto a la decisión, esto es lo que les recomendamos:
Ciertamente, ustedes han construido un perfil de riesgo con alta habilidad para manejar los retos y riesgos de un emprendimiento; sin embargo, esto no quiere decir que estén completamente listos para la decisión. Les proponemos las siguientes “tareas”:

1. Les invitamos a practicar el “saber estar bien”, identificando clara y conscientemente ese “punto de bienestar”, sin consumos exagerados, pero también sin demasiadas restricciones y calculando cuánto cuesta
2. Les sugerimos que se tomen su tiempo para identificar con entera libertad qué empresa o tipo de actividad quieren realizar como emprendimiento. Tengan en cuenta, eso sí, que la actividad estudiada prometa ser sostenible
3. Compren tiempo para permitir que el emprendimiento madure sin presiones. ¿Cómo? De ser posible, aparten un ahorro – aparte de la inversión a realizar en el emprendimiento – de entre 18 meses y 2 años de costos de su punto de bienestar actual. Interpretamos que ustedes han retenido suficientes recursos como para hacerlo.

En 6 meses, conversemos de nuevo. En aquel momento, con informaciones más objetivas y validadas, es muy probable que se sientan en capacidad de emprender un negocio, con la claridad de que el principal objetivo de todas nuestras acciones y de todas nuestras decisiones es el bienestar sostenible. ¡Muy buena suerte!

Publicación http://revistamidinero.com.do/dejamos-la-carrera-ejecutiva-y-emprendemos-un-negocio/