Por qué cuándo es más importante que cuánto

Cristian Burgos C. y Paulo Herrera M.      

En nuestras vidas, todos tenemos necesidades y deseos.  Desde luego, diferenciar – desde el sentido común – unas de otros constituye uno de los aspectos fundamentales de la cultura financiera.

Otra diferenciación muy importante para la cultura financiera es la que distingue entre decisiones ordinarias y extraordinarias.  Las ordinarias tienen que ver con la cobertura de nuestras necesidades básicas y recurrentes: alimentación, transporte, servicios, etc.  Las extraordinarias pueden referirse a necesidades – y, cómo no, también a deseos y aspiraciones – que no suceden todos los días y que pueden implicar cantidades mayores de dinero: la adquisición de un carro o de una vivienda, un viaje de vacaciones o una celebración de un evento familiar son ejemplos de este tipo de decisión.

La importancia de esta diferenciación entre lo ordinario y lo extraordinario radica en lo siguiente: mientras los eventos ordinarios tienen que cubrirse sí o sí, los extraordinarios pueden – y deben – suceder sólo después de que hayamos atendido tanto la cobertura de las necesidades básicas como los riesgos que siempre están presentes alrededor de ellas.  Estos riegos, por cierto, se cubren con efectivo ahorrado, el cual servirá para sostener al bienestar frente a las fluctuaciones.

Por tanto, este ahorro se convierte en el verdadero “regulador” de la velocidad a la que tomamos decisiones extraordinarias, pues es este ahorro – y no el ingreso, ni siquiera el “cuánto” de la decisión – el que marca el ritmo, el que debe marcar el “cuándo” de las decisiones.

Automático peligroso

Sin esta regulación de los “cuándos’, dependeremos enteramente del ingreso y, peor aún, de la combinación de éste con el crédito para costear decisiones extraordinarias.  Sin importar el “cuánto” de estas decisiones extraordinarias, este automatismo constituye una de las causas raíz de porqué acumulamos, periódicamente, deudas que terminan secuestrando nuestro ingreso y condenándonos a la iliquidez.  Y, ya sabemos: sin liquidez no hay bienestar.

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¿Cuánta liquidez necesito?

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Cristian Burgos C. y Paulo Herrera M.

 

Es una de las preguntas claves de la planificación financiera: ¿qué porción de mi patrimonio debe permanecer anclado en instrumentos líquidos?

Sin embargo, esta cuestión es frecuentemente ignorada, pues tiende a perderse en el bombardeo diario de mensajes que  nos invitan a consumir – con o sin liquidez disponible – o a colocar dinero en inversiones, sin que, para lo uno o para lo otro, medie una estrategia coherente con nuestros objetivos de vida.

La verdad es que – más que el consumo y que, incluso, las inversiones – la liquidez es el cimiento de toda estrategia y de todo bienestar material. No es el fin, pero es el comienzo de la prosperidad.  Y, si decisiones o circunstancias nos han alejado de ella, a ella debemos volver para recomponernos y continuar.  Y, si la tenemos, debemos protegerla, procurando que el crecimiento del patrimonio – meta válida donde las hay – no la atropelle, pues quien atropella su liquidez atropella su bienestar.

Entonces, ¿cuánta liquidez necesito?  Por lo menos, debo crear tres “bolsones” líquidos.  El primero es un fondo de contingencia que pueda cubrir tres o cuatro meses de costos básicos de la comunidad.  El segundo bolsón permitirá manejar mi movimiento financiero ordinario sin necesidad de acudir al financiamiento de corto plazo.

En el tercer bolsón de efectivo iré colocando mis excedentes para construir un capital que podrá, oportunamente, convertirse en inversión de crecimiento, sin que para ello tenga que utilizar los otros dos bolsones de liquidez.

 

A mayor riesgo, mayor liquidez

Nuestro perfil de riesgo determina la liquidez que debemos manejar.  Y los riesgos deben evaluarse con los ojos bien abiertos.  Cualquier situación de salud – explícita o latente – que afecte la comunidad, implicará una mayor proporción de liquidez en el portafolio.  Igual si los ingresos son variables porque dependen, por ejemplo, de un emprendimiento.  En cualquier caso, más riesgo requerirá siempre más efectivo a mano.

 

Un mapa para cambiar tu Ciclo Financiero

DETALLE SMARTCOACHEl cambio de ciclo financiero es un proceso, no un resultado instantáneo, que comienza con una decisión y un compromiso

 Si tienes la sensación repetida de que el dinero no te alcanza, aún cuando hayas experimentado incrementos en tus ingresos; si sientes que necesitas ingresos extraordinarios para “nivelarte” o paraeliminar resacas; si cualquier imprevisto te “descuadra” el mes y sientes la frustración de no cumplir con un presupuesto; entonces, el objetivo de cambiar de ciclo financiero es para ti.

Cero Culpa

Antes de abordar este objetivo, me veo obligado a advertirte sobre la importancia de ahuyentar la tentación de sentirte culpable o de auto-flagelarte por tu situación actual, sin importar cuál sea esta.

Debes entender, en cambio, que el estado actual de las cosas es consecuencia de una brecha de conocimiento que hemos tenido la gran mayoría de los dominicanos y las dominicanas, por no decir de los latinoamericanos en general, ya que no nos enseñaron a gestionar un movimiento financiero que permita que nuestro ingreso activo se convierta, sin sacrificar nuestro bienestar, en generador de riqueza y no en fuente de acumulación de déficits y resacas financieras.

Decisión y ajuste de expectativas

El cambio de ciclo financiero es un proceso, no un resultado instantáneo; que comienza con una decisión y un compromiso. No tienes que esperar un ingreso extraordinario para “limpiar” y comenzar de nuevo. La buena noticia es que esta decisión es la más rentable que puedes tomar en tu vida. ¿Quieres cambiar tu ciclo financiero? ¿Estás motivado? Si lo estás, no tendrás ningún proble ma en seguir el mapa que presentamos aquí

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Lo primero: Observar

Para tomar las riendas de tu movimiento financiero, lo primero que toca hacer es observarlo. La razón para ello es sencilla: fue precisamente la ausencia de atención a la dinámica del flujo de caja, y las decisiones de consumo e inversión tomadas sin sincronía con el mismo, las que causaron tu situación financiera actual. Lo sensato es, por tanto, vencer el impulso de tomar medidas drásticas inmediatas y dedicar unas cuantas semanas a la observación del ritmo del flujo de caja, de forma que las acciones se ajusten a nuestra situación particular. ¿Qué debemos observar? Lo primero es determinar, a partir de un registro detallado, el costo básico recurrente de nuestra comunidad familiar. Este costo básico se compone de los gastos ordinarios en alimentación, transporte, salud, educación, higiene, ocio, así como cualquier otra partida que sea usual en el movimiento financiero comunitario.

El cálculo del costo básico excluye los pagos por préstamos, sean hipotecarios o de otra índole. Aunque sean recurrentes, estos compromisos financieros asumidos corresponden a decisiones que probablemente se tomaron en un contexto no gestionado.

Separar las cuotas de los préstamos del costo básico, permite, además, que nos planteemos escenarios de higienización que incluyan reestructuraciones de financiamientos, o bien de “resacas” que arrastramos del pasado

Lo segundo: comprender

La experiencia muestra que el conocimiento de este costo básico es, en sí mismo, un avance importante en el proceso de ordenamiento financiero. Típicamente, hasta que no realizamos esta observación de la realidad, no sabemos con cuánto contamos, ni estamos sensibilizados para diferenciar en nuestros egresos los costos básicos de otros compromisos financieros. Este conocimiento nos permitirá, además, cuantificar la diferencia entre nuestros ingresos activos ordinarios y el costo básico. El tamaño de esta diferencia – y cuánto de la misma tenemos “ocupada” en consumos que no son básicos, o con obligaciones financieras contraídas en el pasado – determinará nuestros próximos pasos.

¡Ahora sí! Cambiando de ciclo financiero

Una vez cuantificado y comprendido nuestro movimiento financiero, ya podemos trazar el mapa para la higienización. Si el excedente entre el ingreso regular y el costo básico está “ocupado” por compromisos financieros – o resacas – que no dejan espacio para el ahorro y la creación de riqueza, entonces el mapa es claro. La higiene financiera se alcanzará cuando logremos liberar una porción apreciable de ese excedente, de forma que podamos dedicarlo a la acumulación de bolsones de liquidez que regularán las fluctuaciones en nuestro flujo de caja.

El cambio de ciclo financiero resulta cuando asimilamos esta realidad y la aplicamos a nuestra situación actual. Es muy importante que estemos dispuestos a asumir las pérdidas o las ganancias que arrastramos por decisiones que tomamos en ciclos anteriores. Este proceso mental es vital para lograr el cambio de ciclo. Enfocarnos en nuestros objetivos de vida, ignorando presiones sociales y aspiraciones poco realistas, puede hacernos más fáciles este tránsito

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Bien querer… bien consumir

La higiene financiera tiene también aspectos cualitativos. Es frecuente que experimentemos el impulso de consumo, bien sea por encima de nuestras posibilidades, o fuera de tiempo. En ambos casos, la sensibilización y la observación, así como la confrontación con la cantidad real de excedentes que podemos generar en un tiempo determinado, ayudan a racionalizar estos deseos amplificados.

Querer lo que puedo, cuando puedo, también es higiene. Desde luego, construir los hábitos que sostienen la higiene requiere paciencia y persistencia. Pero el premio, la autonomía financiera, bien vale la pena.

SmartCoach

http://smartcoach.com.do/un-mapa-para-cambiar-tu-ciclo-financiero/

¿Quién escoge tu nivel de vida?

Cristian Burgos C. y Paulo Herrera M.

info@smartcoach.com.do

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Un buen grado de cultura financiera no está completo si no comenzamos por planteamos, de manera consciente, la siguiente pregunta: ¿cuál es el nivel de confort material al que debo – o puedo – aspirar?

La importancia de hacernos la pregunta es clara: si no lo hacemos, el nivel de vida que construiremos obedecerá, con toda seguridad, a circunstancias o estímulos externos, más que a un ejercicio adulto de nuestra libertad.  Vivir “en automático” – es decir, sin gestionar de manera consciente nuestra realidad financiera – tendrá como consecuencia que factores como la cantidad de ingreso que recibamos en una etapa particular de nuestra vida, o la presión de “caerle atrás a otros” serán los que determinen el nivel de vida que intentaremos sostener.       

Esto es tan frecuente que llegamos a aceptarlo sin cuestionamientos: en la medida en que nuestro ingreso crece, en esa misma medida parecen aumentar nuestras “necesidades”, que son, más bien, quereres.  O bien, tomamos decisiones con implicaciones financieras porque son las decisiones esperadas por el grupo social con el que nos identificamos.  La realidad es que esto no tiene que ser así.

Nuestros objetivos financieros constituyen el factor clave para determinar nuestro nivel de vida material.  Decidir y gestionar nuestro “costo básico” – aceptando que es independiente de lo que ingresamos – permite proteger nuestra capacidad de acumular riqueza a partir de los excedentes de nuestro ingreso activo. Nos toca a nosotros, no a otros, escoger a conciencia nuestro nivel de vida.      

 Si no lo escogemos nosotros…

… otros lo harán por nosotros.  Ya sea porque permitamos que nuestro costo básico crezca espontáneamente al hacerlo nuestros ingresos, o porque no seamos capaces de separar nuestros quereres de los de nuestra “manada”, el resultado será el mismo: sacrificar la capacidad de acumular riqueza a cambio de un nivel de vida que difícilmente armoniza con nuestras verdaderas necesidades de mediano y largo plazo.